viernes, 23 de junio de 2017

Anulada la "licencia única" para la unidad de mercado

   En una reciente Sentencia el Tribunal Constitucional ha declarado inconstitucional los artículos 19 y 20 de la Ley 20/2013, de 9 de diciembre, de garantía de la unidad de mercado. Dichos artículos establecían la extensión a todo el territorio nacional de los efectos de la licencia o autorización de actividad que obtuviera una empresa en cualquier parte de España (noticia en Expansión aquí - noticia en El Español aquí).

    La Generalidad de Cataluña presentó el recurso ante el TC y ahora este declara por unanimidad que no pueden darse tales tipos de autorizaciones porque "prescinden del requisito previo de equivalencia de las normativas aplicables en las distintas comunidades autónomas para la producción o comercialización del mismo bien o servicio, privando, de esta forma, de eficacia a la normativa aprobada en los territorios de destino basándose en sus propias competencias".

   
El objeto de la norma era lograr mejorar la competitividad y productividad de nuestras empresas eliminando trabas burocráticas; una lacra, ciertamente, tal y como está configurado nuestro modelo autonómico de competencias.
   
    Considero ese objetivo imprescindible para mantener nuestro tejido económico a la altura de los desafíos de la globalización y la feroz competencia, así como para favorecer esl establecimiento de empresas extranjeras en España, que creen empleo y riqueza. Pero por contra, el legislador se ha topado con un modelo de Estado que tal y como están las cosas no permite tales innovaciones, al menos no de la forma en que se planteó. La idea es buena e incluso imprescindible, pero no en la forma en que se ha hecho.

    Por contra, el TC, consciente de la idea y la necesidad que subyace en los artículos que anula, propone un medio más adecuado para solventar la situación, a través de los títulos competenciales que le otorga al legislador la propia Carta Magna. En tal sentido se indica que se podría regular la licencia única una vez que "el Estado apruebe estándares mínimos comunes a través de los títulos competenciales horizontales que le proporcionan los artículo 149.1 y 13 de la Constitución".

   Esa debería ser, quizás, la solución al desmán de las aproximadamente 17 legislaciones con que nos podemos encontrar para poner en marcha y sacar adelante proyectos empresariales. Lamentablemente, los reinos de taifas en que se ha convertido España y la actual situación política no permitirán llegar a acuerdos fáciles o simplemente a acuerdos, con lo que la esperada mejora de la competitividad y la limitación de la burocracia, al menos en este ámbito, seguirá siendo una utopía difícil de hacer realidad.

miércoles, 21 de junio de 2017

La adaptabilidad de la Administración depende de la de sus empleados

    Se viene hablando desde hace décadas de los problemas que arrastra la Administración Pública para seguir los pasos de la sociedad, para ser más proactiva que reactiva y, en definitiva, para adaptarse a las necesidades de los ciudadanos a la velocidad que exige nuestro mundo. Esta dificultad suele ser un límite casi infranqueable, un muro que cuesta mucho derribar para conseguir una Administración a la altura de aquellas necesidades y que podamos considerarla realmente situada en el siglo XXI.

   
   Realmente se ha avanzado mucho en ese camino pero aún queda mucho por hacer. Hablamos de la flexibilidad o capacidad de adaptación que deben tener nuestras Administraciones Públicas para hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo, aplicando la tecnología, los últimos avances en gestión de personas, de procesos, etc. pero aún no se presta la necesaria atención a un elemento que quizás defina el núcleo del verdadero problema de aquellas para estas a la altura de las circunstancias: las personas.

En efecto, hemos indicado en otras entradas de este blog que las personas que forman parte de las Administraciones Públicas, desde los propios empleados hasta los gestores y cargos públicos, son los verdaderos artífices de cuanto la Administración española es. Sin el capital humano, su talento, iniciativa y ganas de hacer poco se puede hacer. Desde este punto de vista queda claro que la adaptabilidad de la Administración depende de la capacidad de adaptación de las personas, en una relación directamente proporcional que supone que aquella debe invertir en ese talento, en sus "recursos humanos", a la vez que los cargos y gestores públicos  deben  ser capaces de adaptarse a los cambios, de conocer lo que los ciudadanos demandan, y estar dispuestos a modificar los modos de actuación de unas organizaciones públicas en muchas ocasiones anquilosadas en procesos anticuados y con grandes reticencias a modificar esos modos de actuación.

    Ha de contarse más con los empleados y explotar al máximo sus capacidades, y no solo dejar que cumplan las estrictas funciones y tareas de sus puestos. Ha de fomentarse la iniciativa, la innovación y las propuestas de mejora, pues son ellos quienes mejor conocen las necesidades de los ciudadanos. Este es el gran problema de la Administración, que como organismo no sabe adaptarse porque no es capaz de contar con sus piezas más valiosas, su personal, y no sabe escuchar a sus "clientes".

    Quizás en la base de este problema se encuentre la idea arraigada en los responsables públicos de que la Administración no es una empresa en el sentido de que no tiene el peligro de desaparecer, que no tiene una competencia que le haga sombra y que la ponga en peligro; se tiene la idea preconcebida de que la Administración siempre va a estar ahí a pesar de sus problemas para ofrecer servicios. En parte es cierto pero este es un error de concepto, las Administraciones públicas tienen como cometido resolver los problemas de los ciudadanos de forma eficaz, eficiente, a la vez que deben crear entornos de convivencia adecuados. Al mismo tiempo se encuentran bajo la lupa de la crítica de la sociedad.

   Precisamente esta sería una buena forma de presionar más a los responsables públicos para que traten de mejorar la actuación administrativa, para que se adapte mejor y más rápidamente a los cambios, que se fomenten más los listados o "rankings" de mejores y peores Administraciones, que se promuevan más los premios a la innovación y adaptación de estas. En definitiva, que se puntúe a los gestores públicos y sus organizaciones por cómo lo están haciendo y cómo se adaptan a los cambios.
Esto quizás tendría un mayor efecto en la Administración local por ser la más cercana al ciudadano y poder modificar el entorno en el que vive, por ser la que mejor puede adecuar y dar respuesta a las demandas de servicios públicos más directamente utilizables por aquel (limpieza viaria, zonas verdes, oferta cultural y de ocio...). Pero no cabe duda de que, con las debidas adaptaciones, es extrapolable al resto de Administraciones, pues todas ellas, de una u otra forma, ofrecen servicios necesarios y debe saber adaptarse a las necesidades de la sociedad. 

  Finalmente, no olvidemos que esa flexibilidad lleva indudablemente al ahorro de costes, a que las Administraciones sean más eficientes, ahorren molestias a los ciudadanos y presten mejores servicios, con lo que tanto la obligada adaptabilidad administrativa como el incuestionable escrutinio público de su actuación son predicables de todas ellas.

jueves, 19 de enero de 2017

"Nunca/siempre se ha hecho así": obstáculo a vencer para poder innovar

    Me ha llamado la atención la expresión "necrofilia administrativa" utilizada por Mª Concepción Campos Acuña en su diagrama de 12 pasos para lograr la Administración electrónica, publicado en la revista El Consultor de los Ayuntamientos nº 24 (de 30-12-2016. pág. 2756).
    Bajo esa lacónica pero llamativa sentencia refleja la necesidad de vencer la tradicional, y casi diría que oscura, tendencia de muchos empleados y gestores públicos a escudarse en la fuerza de la costumbre, en lo que viene siendo habitual en la Administración por llevarse realizando durante años, para no avanzar en el camino de la innovación y la mejora continua.

   
Cierto es que somos animales de costumbre, e incluso que muchos empleados públicos deberían definirse como "de mente cuadriculada", pero esto no es más que una característica interna de algunas personas que debemos aprender a superar. También es verdad que no nos gusta salir de nuestra zona de confort y nos cuesta aceptar cualquier innovación. Por eso es necesario que los más "aguerridos" empleados públicos tomen la iniciativa y lideren esa necesaria marcha hacia la mejora de procesos y cambio de cultura administrativa que supone modificar lo que se hace con el fin de innovar, de avanzar. Deben animar al resto de la organización y a sus responsables y convencerles de que es posible cambiar las cosas si queremos dar un servicio de calidad al ciudadano.

    Si algo nunca/siempre se ha hecho así es hora de plantearse si no sería necesario cambiar esa situación, optimizarla, porque dada la rapidez con que avanza la sociedad y los cambios a los que las Administraciones Públicas han de enfrentarse lo más seguro es que ese proceso, esos trámites, hayan quedado anticuados. No voy a negar que la gran mayoría de las veces los innovadores, quienes tenemos inquietudes y nos sentimos curiosos y hasta rebeldes con el único propósito de mejorar las cosas, tratamos de bucear en el mar muerto (iba a decir clamar en el desierto, pero esto siempre se ha dicho).

    Como suelo repetir, la perfección absoluta no existe, por eso está la mejora continua.  Esta es la razón por la que debemos ser inconformistas y no dormirnos bajo una autocomplaciente sensación de que tenemos los mejores procesos y sistemas, por muy nuevos que parezcan. Hay que evaluarlos constantemente y pensar una y otra vez en el modo de mejorarlos, de adaptarlos a las necesidades del ciudadano, de nuestras organizaciones y a las posibilidades que nos permite la técnica. 

   
En este sentido casi diría que debemos pensar bajo la premisa de hacer que los procesos nos permitan trabajar lo menos posible. La tecnología aporta grandes oportunidades a nuestro desempeño y seguro que habrá alguna tarea innecesaria, alguna forma de aplicar las TIC para mejorarla, etc. Yo lo he puesto en práctica y la satisfacción por lograr mejores resultados con menos esfuerzo (eficiencia, amigos) es inmensa.

     La idea, por tanto, es pensar que en un mundo cambiante y que obliga a la Administración y a los empleados públicos a avanzar tan deprisa, la expresión nunca/siempre se ha hecho así  ha perdido la poca justificación que alguna vez haya podido tener.

miércoles, 18 de enero de 2017

El talento rebelde en la Administración: seamos curiosos.

    Leía un estudio publicado por Francesca Gino en la revista Harvard Business Review sobre el "talento rebelde" y la idea de permitir a los empleados más libertad, y de alguna manera "rebelarse" para lograr la mejora de las organizaciones. En dicho trabajo subyace un concepto desconocido para la mayoría pero esencial para que el talento pueda desarrollarse de manera óptima: la curiosidad, y que se explica en el artículo de Gino titulado "El rasgo más importante del talento rebelde: la curiosidad" (The most important trait for rebel talent: curiosity), publicado en la citada revista el 25 de octubre de 2016.

   
Tanto el EBEP en materia de personal, como la innovación generalizada que demandan nuestras Administraciones Públicas reclaman talento, poner a los empleados públicos en cabeza de los cambios que se necesitan si queremos de veras que aquellas se acerquen al ciudadano, sean eficaces y eficientes, y rompan muchos anticuados moldes aún existentes.
    Por fin el Estatuto del Empleado Público ha reconocido la necesidad de contar con el factor humano, yendo más allá de ese simple "reconocimiento", pues ha puesto a disposición de las Administraciones mecanismos para evaluarlo y conectarle unas consecuencias a través de incentivos.

    Todo esto está muy bien pero el talento no aparece de la noche a la mañana, hay que saber encontrarlo, fomentarlo y dejarlo fluir hacia la solución de problemas, la mejora de procesos, etc. Ese talento es fruto de un elemento desconocido para nuestras Administraciones y los gestores de recursos humanos, y que ni siquiera se potencia: la curiosidad. ¿Quién ha oído decir que a los empleados públicos (y casi diría que a los privados) se les permita ser curiosos, experimentar, romper moldes? Muy pocas veces. Solo las organizaciones más punteras en materia de gestión de personas se han aventurado a empoderar al empleado y dejarle desarrollar su imaginación y curiosidad.

    Si en la Administración tradicionalmente no se ha tenido en cuenta el talento y se ha asentado la idea de que trabajar es cumplir la jornada, las normas, cobrar a final de mes y que no se cuente con el empleado, muy difícil será considerar ahora ese nuevo concepto, rompedor y que tan poco tiene que ver con algo ancestral y formalizado como el servicio público llamado curiosidad.

    Francesca Gino destaca que las organizaciones se basan, a la hora de captar a los empleados, en las competencias, la orientación a resultados o el liderazgo, pero pocas  veces prestan atención a esa capacidad interna de las personas de hacerse preguntas y buscar respuesta allá donde la mayoría no lo hace. Por eso considera que si se tiene en cuenta el talento debe considerarse la necesidad de permitir a los empleados ser curiosos, incluso quebrar el status quo

    Adaptado a la Administración, estoy de acuerdo con ella por la simple razón de que si se quiere avanzar no se puede hacer con los mismos modelos de actuación de hace décadas. En toda organización debe primar la flexibilidad para adaptarse al cambio y aquí es donde la curiosidad, la capacidad para preguntarse cómo se pueden mejorar las cosas, qué se puede hacer para optimizar procesos, etc, juega un papel esencial. Bien es cierto que la Administración tiene unas normas y debe cumplir unos fines y procesos que garanticen los derechos de los ciudadanos, pero también es cierto que debe aprender a adaptarse a los cambios que la sociedad está sufriendo y que dentro del cumplimiento de las normas hay margen suficiente para que la curiosidad y el talento puedan actuar. 
Aquí podríamos entrar en el viejo tema de la vinculación positiva o negativa de la Administración a la ley y la discrecionalidad pero podemos dejarlo para otra entrada.

    En fin, el éxito de la transformación de la misma yace en dejar fluir ambos conceptos, talento y curiosidad, pues no puede entenderse aquel sin esta, hacia el objetivo de conseguir una Administración adaptativa, moderna y que no deje de preguntarse por la forma de avanzar y estar en vanguardia. Conocemos muy bien la misión que como empleados públicos tenemos: servir al ciudadano. Es hora de ser curiosos y preguntarnos cómo podemos lograrlo de manera más óptima. ¿No le pica la curiosidad?